María Elena
Walsh, nació en 1930 en Ramos
Mejía, suburbio de la ciudad de Buenos Aires. A los diecisiete años, escribió
su primer libro, "Otoño Imperdonable", libro de poemas que mereciera el segundo
Premio Municipal de Poesía. Célebre por su literatura infantil, creó
personajes conmovedores, como Manuelita la Tortuga. Sus temas fueron
musicalizados por personalidades como Mercedes Sosa y Joan Manuel Serrat y
trascendieron las fronteras argentinas. María Elena Walsh es una verdadera
juglar de nuestro tiempo, cuando recita y canta sus versos, pero también,
cuando denuncia subliminalmente diversas cuestiones sociales. Toda su rebeldía,
su desencanto, su oposición, su amor a la naturaleza y a los niños han
quedado reflejados en numerosos poemas, novelas, cuentos, canciones, ensayos y
artículos periodísticos. Entre los libros que
publicó, figuran: “El reino del revés”, "Cuentopos de Gulubú",
“Hecho a mano” y “Juguemos en el mundo”, “Tutú Maramba”,
"Canciones para mirar", “Zoo Loco”, “Dailan Kifki y “Novios
de Antaño”.
Yo me nazco... - En
una cajita de fósforos - Nada más
En
el país del Nomeacuerdo -
Las que cantan

Las que cantan
Vengo a decir que en los rincones
más difíciles del planeta
están cantando las mujeres
con voz de pueblo escarmentado.
Se supone que vociferan
para morir un poco menos.
Sólo el dolor, la fiebre, el odio,
el desafío y la desgracia,
sólo una luz inofensiva
cantan las mujeres que cantan.
Fadistas de Portugal,
enlutadísimas de España,
inclinadas segando siegan
espirales de rabia y queja,
liquidan su ración de sueño
con furiosa maternidad.
Coyas, princesas miserables
de una América de arpillera,
queman ancestro alcoholizado
en lamentos como cuchilladas.
Hay que dejarse herir, caer
en su dolor, amar su llanto
y comprobar cómo la tierra
busca sus desolados huesos.
Brújas pálidas de Oriente,
lustradas hechiceras de África,
custodias de padecimientos,
celebrantes de la miseria
que lamentan inútilmente
fatalidades ordenadas
por dioses vanos y hombres crueles.
Les asignaron sed atávica,
desesperada obligación,
y ellas amenazan morir
en repertorios de quejido,
de belleza perdonadora.
Sólo vengo a decir que cantan
y que el mundo no se arrepiente
de sus gargantas infernales,
de sus corazones prohibidos.
Sólo vengo a decir que acaso
nos están echando la culpa.

Yo me nazco...
Yo me nazco, yo misma me levanto,
organizo mi forma y determino
mi cantidad , mi número divino,
mi régimen de paz, mi azar de llanto.
Establezco mi origen y termino
porque sí, para nunca, por lo tanto.
Soy lo que se me ocurre cuando canto.
No tengo ganas de tener destino.

En una cajita de fósforos
En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.
Un rayo de sol, por ejemplo
(pero hay que encerrarlo muy rápido,
si no, se lo come la sombra).
Un poco de copo de nieve,
quizá una moneda de luna,
botones del traje del viento,
y mucho, muchísimo mas.
Les voy a contar un secreto.
En una cajita de fósforos
yo tengo guardada un lágrima,
y nadie, por suerte la ve.
Es claro que ya no me sirve.
Es cierto que está muy gastada.
Lo sé, pero qué voy a hacer,
tirarla me da mucha lástima.
Tal vez las personas mayores
no entiendan jamás de tesoros.
Basura, dirán, cachivaches
no sé por qué juntan todo esto.
No importa, que ustedes y yo
igual seguiremos guardando
palitos, pelusas, botones,
tachuelas, virutas de lápiz,
caozos, tapitas, papeles,
piolín, carreteles, trapitos,
hilachas, cascotes y bichos.
En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.
Las cosas no tienen mamá.

Nada
más
Con
esta moneda
me voy a comprar
un ramo de cielo
y un metro de mar,
un pico de estrella,
un sol de verdad,
un kilo de viento,
y nada más.
