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Carmen Villoro, nació en México D.F. en 1958. Estudió Psicología en
la Universidad Iberoamericana y la especialidad de Psicoterapia
Psicoanalítica en la Asociación Psicoanalítica de México.
Ha dedicado buena parte de su vida a la poesía, el
cuento y la prosa poética. Formada en diversos talleres literarios del
Instituto Nacional de Bellas Artes y del Fondo Nacional para la Cultura y
las Artes, ha desarrollado un lenguaje propio, caracterizado por su soltura
y claridad, donde no existen las palabras rebuscadas sino la escritura
plácida; ha preferido dejar en su obra esa realidad que a todos nos
acontece, donde lo cotidiano identifica al lector y a la escritora y los
convierte en uno.
Ha publicado los siguientes libros de poesía:
“Barcos de papel”, 1986; “Que no se vaya el viento”, 1990; “Delfín desde un
principio”, 1993; “Herida de luz”, 1995; “El habitante”, 1997; “Jugo de
naranja”, 2000 y “Marcador Final”, 2002.
Otras de sus obras publicadas son: Los libros de
cuento infantil “La media luna”, ”Amarina y el viejo pesadilla” y “Amarina y
el viejo Pesadilla y otros cuentos”; el ensayo “El oficio de amar” y “Obra
negra”.
Es miembro del “Sistema Nacional de Creadores del
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes”.

Bajo amorosa sombra
Cúrame con tus manos,
toca de mí el olvido
que se fue acomodando entre los pliegues.
No venga la tormenta a amordazar mis sueños,
sólo esta lluvia suave, vespertina
despierte en mí los pétalos dormidos.
Desnúdame en silencio,
hoja por hoja,
hasta dejar al descubierto el punto
del estremecimiento.
No debe haber estrépitos
que vulneren la calma de mi piel
tendida para ti como un estanque
en donde sólo el toque de tus labios
perturba la quietud.
No quiero los platillos
festejando con notas deslumbrantes
la pasión de los cuerpos,
ni los timbales ebrios
apurando la noche;
sólo la melodía de una flauta
tenue pero sinuosa
que adormezca con ritmo acompasado
estos miedos que vas quitando al paso.
Disuelve con tus dedos
el dolor y sus máculas guardadas
en rincones ocultos;
que se adelgace el tiempo
con tu humedad benigna
hasta llegar al límite de lo que no ha sufrido
magulladura alguna.
Devuélvele la paz a mis palabras,
deseosas de ser playas,
donde arriben tus barcas sigilosas.
Este amor en penumbra
aluza más que el sol
la gruta en que se había escondido
una parte de mí,
tal vez la más secreta.
Acerca con prudencia
toda tu voz, tus años, tu tibieza
y cuídame despacio
como una flor quebrada
que revive por fin
bajo amorosa sombra.
