Uceda, Julia

 09 de junio de 2008

Ciudad de MujeresPrincipal

 

 

 

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Julia Uceda Valiente, nació en Sevilla en 1925 y reside en El Ferrol. Doctora en Filosofía y Letras y  catedrática de Literatura Española, ha ejercido la docencia en varias universidades españolas y en la Universidad Estatal de Michigan. Después de vivir unos años en Irlanda, fijó su residencia en Galicia en 1976.

 

Ha sido distinguida con el “Premio Nacional de Poesía” 2003 por su poemario  “En el viento, hacia el mar”, una antología de los mejores poemas de la autora, escritos entre 1959 y 2002. El jurado que la ha premiado consideró “En el viento, hacia el mar” como la mejor colección de poemas publicada a lo largo del pasado año. Es la primera mujer que ha conseguido este premio y se da la circunstancia de que hasta ahora no había recibido ningún galardón, excepto el accésit al “Adonais” a principios de los sesenta por “Extraña Juventud”.

 

Pese a su dilatada trayectoria, Uceda es poco menos que una poeta secreta, lo que no significa que su obra haya pasado desapercibida en los círculos más especializados. No en vano, algunos de sus poemas han sido traducidos al portugués, inglés, chino y hebreo. Ha alternado la creación poética y la docencia con una intensa labor crítica, materializada en la publicación de ensayos y artículos en publicaciones especializadas españolas y americanas. Se ha mantenido alejada del mundillo editorial y de los círculos poéticos en su empeño en demostrar que la independencia es inherente al poeta. Su objetivo es "escribir claro, porque lo profundo no tiene por qué ser oscuro". Entre sus poemarios se cuentan “Mariposa en cenizas”, 1959; “Sin mucha esperanza”,  1966; “Viejas voces secretas de la noche”, 1981 y “Del camino de humo”, 1994.

 

Es miembro correspondiente de la “Real Academia Sevillana de las Buenas Letras”, codirige las colección de poesía “Esquío” y coordina “La Barca de Loto”.


Hablo de la InfanciaSilencio

El Encuentro - En el lagar pequeño...

Invitación al país de los hombres
 

 

Invitación al país de los hombres


A través de mí, regresa.
Sea yo, hasta ti, tu camino.
Dame tu mano
y ven de nuevo entre nosotros.
Llega, en mi voz,
a tu destino externo.
Busca en mí
tus senderos perdidos,
el hogar y sus árboles,
el color de la tarde y los perfumes
de tu niñez. Los roperos amados
se abren, tal vez, en mis silencios
y un olor abrigado
se esparce en tu memoria.
Camina,

recorre de mi mano
tus ensueños inmóviles.
Háblame
de la caliente orilla de la infancia
y de la tierra oculta por la nieve
-se me ha olvidado el mar
y no sé nada. Créalo-.
Dime
si te gustaban las tormentas
o si jugabas a soldados.
Pasea por tu infancia nuevamente.
Así veré que has vuelto.


 (Del Poemario "Sin mucha esperanza")
 

 

En el lagar pequeño...

 

En el lagar pequeño de mi mano
zumo de esquilas y naranjos tengo.
La vida se derrama por mis brazos.
Ven en el viento.

En el ala sombría de mi nuca
rumor de algas y de voces dejo.
Te abrirán los caminos de mi alma.
Ven en el viento.

Largos suspiros pasan. Me sacuden.
Ya mis hojas son pájaros huyendo.
El tiempo va de huida y pisa y tala.
Ven en el viento.
 

 

El Encuentro

Ahora que sé que todo ha sido un juego,
juego a que todo sea cierto.
Tomo la pena en serio:
quiero desarraigarme, alzar el vuelo,
quiero prenderle a todo fuego.
Quiero un solo minuto verdadero.

Me asusta la mujer que llevo dentro,
la que tiene asco al juego que yo juego
y me ve, desde los espejos,
reprochando que bese lo que beso,
que acepte lo que acepto,
que le tema a lo bello y verdadero.

Pone aspas al cuerpo con que miento
y enrojece lo falso que me bebo.
Ahora que sé que todo ha sido un juego
quiero ver si puede ser cierto,
para escribir en paz mi verso
y desnudarme ante el espejo.

 

 

Hablo de la Infancia

Escalera crujiente,
trozo de bosque organizado
por el que ir hasta la cumbre
de aquel desván lleno de sueños,
pájaros silenciosos
que viajan sin ruido.
Sobre ti estaba el premio
cubierto por el polvo
y lo muerto vivía
para mí, en mis ensueños.
Hogar sin sótanos,
todo aquello era hermoso
porque estaba creando su recuerdo;
viviéndote, sentía
que de algún modo ya te recordaba.
Y siempre que te acercas
entre la niebla, oigo
cómo se queja suavemente,
enmohecido por las lluvias,
el pesado cerrojo de una verja.
La del jardín acaso.



Silencio

 

Hay un vacío en el que no se oyen las zapatillas.
Y otro más profundo: el que disuelve nuestras manos.
Y nuestro cuerpo. Y sólo flotan unos ojos
que no lo parecen. Aunque daría lo mismo
porque ya no pensamos con palabras
que todo lo confunden.
Además
¿para qué edificar un templo de un grito?
Un grito que no suena en la expansión de las constelaciones.
Un grito que no oye el pastor de planetas.
Un grito que se llena, como un cubo, de huecos.
Un templo que visitan arenas huracanes.
La boca ha gritado
¿de qué huerto ha venido? ¿En qué lejana flor
se hará otra vez silencio,
historia no aprendida
y vida sin pregunta?
¿En qué agua de otro tiempo
se pulió la mandíbula y su origen?
¿En qué apagado sol se removió
su cero antes del cero?
Gritar: tan sólo un accidente, una arruga n el aire.
Y un destrozo,
un harapo del algo; un desgarrón superfluo
desde el violento, desde el distraído
que empuja, pisa y habla algo. No grita
Alto, sólo, habla.
Se oye su voz pavorreal.
Y el grito se desenrosca desde su sima profunda:
un poquito de aire que, primero,
tropieza con la esquina del pulmón,
garganta arriba. Luego ulula, asalta
la pared que contiene su infinitud,
su triste desmesura
arañando su cárcel ,resuelto templo
ecos en frío crisopacio que se aleja,
en el tiempo, de la boca: su nido
Y nada alrededor. La boca mueve
Sus alas sin sonido, sin sentido
Entre el agua y el huerto,
Entre hueso temprano y légamo futuro
entre el cero y el cero.
Entre el cero y su carga
 

 

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