Safo

 09 de junio de 2008

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Safo
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Safo, poeta griega, nació en Lesbos en el 630 a.d.n.e.
 

Fundó una escuela donde se impartía clases de literatura, danza y gimnasia y adonde acudían jóvenes patricias.

Escribió nueve libros de odas, epitalamios o canciones nupciales, elegías e himnos aunque desafortunadamente sólo quedan fragmentos ya que la Iglesia Católica mandó destruir su legado artístico. Cantó en el dialecto de su isla al amor y a la naturaleza.

Frente al sometimiento del efebo en las relaciones atenienses, Safo, contraponía el respeto a la amada y la ayuda benévola de la diosa.

Muchos de sus poemas eran monodias o canciones interpretadas por una sola voz acompañadas de una lira. Creó la estrofa sáfica, compuesta por tres endecasílabos y un adónico final de cinco sílabas.

Muere en el 560 a.d.n.e.
 

A una amada - Plenitud - La violencia de Eros - Lo inmutable

En la distancia


 

En la distancia

De veras, quisiera morirme.
Al despedirse de mí llorando,
me musitó las siguientes palabras:
"Amada Safo, negra suerte la mía.
De verdad que me da mucha
pena tener que dejarte." Y yo le respondí:
"Vete tranquila. Procura no olvidarte de mí,
porque bien sabes que yo siempre estaré a tu lado.
Y si no, quiero recordarte lo que tu olvidas:
cuantas horas felices hemos pasado juntas.
Han sido muchas las coronas de violetas,
de rosas, de flor de azafrán y de ramos de aneldo,
que junto a mí te ceñiste. Han sido muchos los
collares que colgaste de tu delicado cuello, tejidos
de flores fragantes por nuestras manos.
Han sido muchas las veces que derramaste
bálsamo de mirra y un ungüento regio sobre mi cabeza

 

 

Lo inmutable

Para las bellas
-para vosotras-
mi pensamiento
nunca es mudable.

(Traducido por Aurora Luque)


 

La violencia de Eros

Eros ha sacudido mis entrañas
como un viento abatiéndose en el monte
sobre las encinas.

(Traducido por Aurora Luque)
 

 

Plenitud

Llegaste, hiciste bien -te buscaba con ansia-
refrescaste mi pecho que ardía de deseo.

(traducido por Aurora Luque)

 

 

A una amada

Paréceme a mí que es igual a los dioses el mortal que se sienta frente a ti, y desde tan cerca te oye hablar dulcemente y sonreír de esa manera tan encantadora.
El espectáculo derrite mi corazón dentro del pecho. Apenas te veo así un instante, me quedo sin voz. Se me traba la lengua. Un fuego penetrante fluye enseguida por debajo de mi piel. No ven nada mis ojos y empiezan a zumbarme los oídos. Me cae a raudales el sudor. Tiembla mi cuerpo entero. Me vuelvo más verde que la hierba. Quedo desfallecida y es todo mi aspecto el de una muerta...

 

 

 

 

   
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