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Gracias Beatriz por tu colaboración

Beatriz Russo, poeta y narradora, nace
en Madrid en 1971.
Es licenciada en Filología Hispánica y
magíster en la enseñanza de español como lengua extranjera. Durante años ha
ido combinando su creación literaria con numerosos recitales poéticos y
ponencias en diversos centros de cultura y cafés, en el Instituto Cervantes
de Nápoles, en diferentes Universidades del Estado de México y D.F, en la
Feria del libro de Madrid, en los Colegios Mayores de Madrid y ha sido
presentadora habitual de las Veladas Poéticas de Poesía Última en la
Fundación Alberti, entre otros. También ha colaborado en prensa, radio y
televisión. Su obra es difundida por diferentes canales de comunicación
nacionales e internacionales.
Ha publicado los libros de poemas
"En la salud y en la enfermedad"
(Sial, 2004) y "La prisión delicada"
(Calambur, 2007). Su poesía ha sido incluida en la antología "La
voz y la escritura. 80 nuevas propuestas poéticas"
(Sial). Como narradora ha escrito dos novelas: "La
versión de Eva Blondie" y "La
montaña rusa."
El tonel de las Danaides
Tu voz vacía
Me he tatuado una serpiente...
No hay noche que no me
despida convulsa.
Ésta es mi prisión delicada

Ésta es mi prisión
delicada.
No me salvéis.
Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia.
Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo.
Que nadie incinere mi cuerpo.
Tengo algo que evocar.
Besé su boca,
la bocca baciata de Fanny Cornforth
y sentí el margen de una moneda trasquilando la infancia de las veloces manos
del raso.
¿Prostituta o costurera?
En la vertiente que hay en el sino están en juego las cartas de la sangre.
Llegaron al mundo las mujeres a tejer su desdicha en los telares de la miseria.
Los trapos del hambre amontonándose en las trincheras sin aire.
El anonimato de las abejas harapientas.
Y también llegaron mujeres a los telares de la delicia.
La sabia contienda de unas manos cansadas de su precariedad.
El ruido de la rueca no ensordecía el cuerpo de las otras hilanderas de la
noche.
Escribieron sus nombres proscritos en una coroza de papel secante y fueron
señaladas por los dedos de las esposas impolutas.
¿Prostituta o costurera?
No hay mayor masturbación que la del halago, mayor deleite que la hermosura en
estos tiempos de vanagloria.
Cantad todos la pandemia de los burdeles.
Que se abran las puertas de la moderna Babilonia.
“¿Quién fue la bella Laura Bell?
The queen of whoredom
¿Quién kate Cook, Emma Crouch y Cora Pearl?
Toutes elles demi prochaines”
Pero cantad también la pandemia de las fábricas.
Que se abran las puertas de la moderna Etiopía.
¿Quién veneró a las otras artesanas de la noche?
Pocos conocen el castigo de las míseras costureras.
El baile elíptico de las agujas trazaba hondas muescas en sus dedos.
En las oscuras salas de una fábrica gemía el hilo de las futuras ciegas.
Y temblaban después sus cuerpos apuntalados en los rincones ebrios.
Otras muescas hay en sus dedos.
Muescas del dolor de un útero enfermo bajo los dientes de las embarazadas.
Los clavos de cristo en el pubis de las esposas rotas.
Murieron en la fosa común de la historia, en el estrecho nicho de la conciencia.
Murieron con la lenta eutanasia de las mártires,
muertas veteranas del ejército de muertas,
muertas de hambre en las calles de polvo y niebla.
Anónimas muertas.
Fragmento de La prisión delicada (Calambur, 2007)

No hay noche que no me
despida convulsa.
Cierro los ojos casi desquiciada por la epilepsia de todas mis lecturas,
y me adormento como lo hiciera cualquier musa prerrafaelita en un lecho de
flores de eléboro.
Que nadie me quite la dulce argolla que me hace temblar en sueños.
Que nadie se aproxime ahora que he sido hibernada por las hadas.
Si he de despertar que sea un segundo antes de mi muerte,
en el preciso momento de pedir perdón por levantar el rostro tan sólo en mi
despedida.
Fragmento de La prisión delicada (Calambur, 2007)
Me he tatuado una serpiente en mi
pierna con tu nombre y a veces siento que está viva, como tú,
y asciende mis muslos hipnotizada por algún Himno a la belleza,
y se desliza, pontífice de un rito que no suelo entender, pero me sigue, como si
de pronto mi voz fuera un salmo penitente,
y entonces tú me obedeces, mártir de tu fe en mi cuerpo,
y asciendes un poco más hasta llegar a la antesala de mi sexo,
allí donde esperas la vehemencia de tu nombre, el sentido de ser tú el llamado y
no otro, tú en comunión con tu nombre a la espera de mí.
Doscientos años de vida tiene tu nombre y sin embargo,
tatuado en mi pierna se ha hecho serpiente y a tientas busca mi cuerpo.
Cada vez que te nombro profano un instante tu reposo y te obligo a que duermas
junto a mí,
a que asciendas mis muslos tal y como ahora te digo,
así, lentamente, con la falsa detinencia del deseo que se retracta por miedo a
no verse ennoblecido,
con la imprecisión de una mano inexperta que finge un control que sólo yo poseo.
El baile de la serpiente sobre mis nalgas es perpetuo.
La serpiente descalza baila en la antesala de mi cuerpo antes de morir en mí.
La música que ahora emite mi mano bífida en un coro desentrañado.
La serpiente se arrodilla desnuda en la antesala de mi cuerpo antes de morir en
mí,
Y le grito que es ahora,
el instante de ahora y no un milímetro después que ahora dejas conmigo, como si
conocieras la estrategia de varias dosis de veneno sobre mi sexo.
Ahora y sólo ahora, repito.
Pero la serpiente arrastra sus pies descalzos por la antesala de mi cuerpo antes
de morir en mí,
ahora y sólo ahora y no más tarde, repito,
Ahora,
en la tenue frontera de mi cuerpo dividido en dos mitades reconciliadas.
Ahora,
con todos mis nombres, los que yo te doy y te pido que pongas sobre mí.
Ahora,
con la blasfemia del último canto en la divina estampa de los deleites.
Ahora bendigo mi nombre con tus dedos de mi mano.
Ésta es mi prisión delicada.
No me salvéis.
Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia.
Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo.
Llegó mi hora de descansar.
Fragmento de La prisión delicada (Calambur 2007)

Tu voz vacía
Porque tu voz ya no es sonora,
a veces me llamo por mi nombre con tu voz,
Cierro mis ojos vehementes y me pronuncio.
Entonces llegas sonoro a mi pecho
y te protejo con mis manos
para que no te me escapes de nuevo.
Sólo un instante, el mismo que te desapareció,
instante de bola de fuego que me traspasa
dejándome un hueco en el tórax,
como una ventana abierta que me despierta
con el repetido sueño de buscar la manta con los pies.
Porque tu voz ya no es sonora,
a veces me llamo por mi nombre con tu voz
y aún lloro tu muerte inventada.
Mi rostro se posa sobre tu lápida
y te escribo un epitafio con mis lágrimas
e insomne te velo con el riguroso luto
de mis ojos oscuros, de mis ojos enterrados
en vida bajo la tumba de mi almohada.
Me muero de frío,
la ventana está rota,
no hay manta a los pies de mi cama
y sin embargo, aún sueño que regresas
y me hablas al oído.
Del poemario "En la salud y en la enfermedad" (Sial, 2004)

El tonel de las Danaides
Después de ti, todo era molesto,
molestaban las caricias que sobre mi cuerpo
ansiosas confluían.
Entonces deseé ser menos humana.
No tener piel, para no sentir que otras manos,
no las tuyas, me tocaban.
No tener boca, para que los labios de todos
no encontraran la entrada a mi infierno,
al infierno que quema su lenguas innecesarias.
No tener ojos para no desviar la mirada
que no te reconoce en sus rostros.
No tener pubis para que no me buscaran
a tientas los penes vendados,
que torpemente chocan contra mi muro.
Entonces deseé ser menos humana
y se me puso la piel de madera,
y pedí ser aún menos humana
y se me fue ensanchando la boca
hasta hacerse tan grande como mi cuerpo,
y aún pedí ser menos humana
y se me fue holgando la vagina
hasta hacerse tan grande como mi cuerpo.
Pedí, yo pedí, pedí ser menos humana
y entre todos me han convertido
en el tonel sin fondo de las Danaides.
Del poemario "En la salud y en la enfermedad" (Sial, 2004)

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