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12 de junio de 2008 |
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La palabra es ausencia
y se escucha en la noche:
es suspiro quebrado en los labios distantes.
Es la tierra que llama dolida,
palpitando la búsqueda
de un lugar… del origen del hombre,
que marchó –como lágrima amarga–
desde el dulce calor del hogar,
con un único sueño:
regresar,
regresar,
regresar.
No consuela el encuentro fugaz,
ni la vuelta a los brazos del pueblo,
a la orilla del mar… a la ola de entonces,
si es tan sólo un suspiro,
si es tan sólo un brevísimo beso en los labios.
Es la nana al ausente,
la que arruya el dolor sin raíces,
un dolor arraigado al recuerdo
que resurge en la noche
desde dentro:
es inmenso,
y lento.
La distancia es exilio del alma
y te pasa rozando la piel,
te sumerge en un pozo vacío de risas,
para herirte y ceñirse
como álamo blanco a tu espalda.
Quizá, cuando en los días de invierno,
sea el hombre de nuevo aquel niño
que escondía sus sueños más íntimos
en arroyo nocturno de luna,
le retorne a la vida alegrías…
y quizá, primaveras de aroma cercano.
Así entonces, tal vez,
cesará esta canción de distancias.
(Del libro Origen)

Quisiera
Quisiera saber lo que no he sabido nunca:
saber de los mares extendidos del mundo,
de los países abiertos entre altas montañas,
de la vida de gentes en lugares lejanos.
Quisiera saber lo que olvidé algún día:
allá en mi niñez perdida en las sombras,
allá en los andenes del tiempo marchito
con aroma a horas muertas y pan dulce.
Quisiera saber que fue de mis amores:
aquellos que un día me rozaron el alma,
de los besos torpes entre los labios...
de los sueños, del deseo y del amor primero.
Quisiera saber de todos los amigos:
de los que fuimos al patio buscando mariposas,
de los que quita la vida en su impulso incesante
-mar abierto de oleajes repetidos-
en los que quisieron ser todo conmigo:
detener el reloj y parar a la infancia.
Quisiera saber donde quedaron mis letras:
los primeros garabatos,
las primeras palabras inventando el mundo,
y los poemas azules… aquellos en el viento enredados.
Quisiera saber tanto de esta vida,
que creo no tener equipaje suficiente,
ni destino cierto que me acompañe
a encontrar todas las preguntas que me asedian.
Quisiera saber tanto en esta vida,
que no tengo el tiempo necesario
para emerger de nuevo como alondra
y recorrer el mundo en búsqueda incesante.
(Del libro Origen)

Siempre he sido persona de principios.
Devota de la vida y del paisaje,
amante del amor y la amistad,
De religión profeso lo aprendido:
Creo en la vida: miel entre mis manos,
y por eso quisiera yo ofrecerla
a la tierra desnuda, a los almendros
de invierno, y a las rosas deshojadas.
Creo en vivirme entera: de la piel
a los huesos, del alma al corazón
y de tanta ternura que me habita
en los años escritos en mi sangre.
Soy devota del beso y del abrazo,
amante del amor y la amistad,
y ferviente idealista de los mundos
con mil guerras de paz.
Creo en la vida,
creo en mi vida y creo en esta vida...
y no me cansaré de repetirlo.
... en el paisaje
Creo en las nubes que se marchan siempre
dejando un rastro blanco de nostalgia,
en la lluvia tristísima de invierno
que dibuja horizontes solitarios.
Creo en la niebla que resbala al alma
cuando empieza a morir la oscuridad,
y en las gotas menudas de rocío
que deshacen las hojas de los árboles.
Creo en las amplias tardes de verano
que se derraman lentas por los montes,
y en el brote inicial de primavera
que emerge de la tierra y de las aguas.
Creo en el suspirar de este paisaje
que se extiende amarillo por mi vida,
y envuelve su raíz a mi memoria.
... en la amistad
Amigos que creéis en mi voz...
sabed que yo también creo en vosotros:
en la forma dulcísima de hablarme,
y dar abrigo a mi dolor sombrío.
Amigos que escucháis mis palabras...
sabed que desde aquí oigo la vuestra
–música para el alma– más allá
del tiempo del abrazo y los encuentros...
porque nuestra amistad no se termina.
Amigos que abrigáis mi poema...
sabed que todos sois de mis estrofas,
de cada letra escrita en el papel...
de todas las maneras de sentir.
Amigos todos –luz del corazón–
sabed, que yo también creo en vosotros.
... en el amor
Creo en el amor. Creo en el amor.
Y lo digo dos veces y muy alto,
porque es la religión de los poetas
el creer que el amor es un milagro.
Creo en tus ojos –oración de mi alma–
en el refugio dulce de tus manos,
y en la noche que marcha hacia nosotros
palpitando en la piel como un relámpago.
Y creo en la plegaria convertida
en una forma nueva de abrazarnos,
en el silencio compartido... siempre,
cuando tiembla la lluvia entre los labios.
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