Reñé, Michelle

 21 de marzo de 2009

Ciudad de Mujeres

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Gracias Michelle por tu colaboración

 

 


Nací en Madrid a principios de los sesenta. Tuve una madre valiente y creativa, de la que aprendí a amar la libertad y la vida buena. A los diez años me envió a Australia, donde llegué con el mejor palo que encontré, para cambiarlo por un boomerang, y calada de colonia antipiojos porque me habían dicho que me protegería de los caníbales.

 

En el año en que estuve allí aprendí inglés y corrí varias aventuras. La más inquietante, quizá, fue descubrir que en las iglesias no se podía levantar la mano para plantear preguntas. A la muerte de Franco, fui a un instituto público y experimental, lo que significa que tuve una excelente educación: respirando el aire fresco de la democracia. Creí que la universidad sería así o mejor, pero no: ni amor al conocimiento, ni investigación, ni debate; era igual que el mundo de fuera: un lugar lleno de extraños lenguajes de dos filos, la mayoría de los cuales estaban huecos. En esta época, me independicé y fui muy pobre, casi vagabunda. En la primavera de mi quinto curso, pasó por mi vera un tren, y lo cogí. Llevé entonces mi activismo social a una serie de experiencias que me harían beneficiarme de dos corrientes revolucionarias: la feminista y la pacifista. Viajé a Centroamérica donde observé la guerra y aprendí de la gente a luchar con la noviolencia. Al volver, me trasladé a Londres para montar campañas y conferencias en la Internacional de Resistentes a la Guerra. Esto me permitió conocer la labor de grupos y redes de muchos países. Participé también en los últimos años del campamento de mujeres pacifistas de Greenham Common. Seguía siendo pobre pero no pasaba hambre ni frío. A inicios de los noventa volví a Madrid. Viví una serie de tragedias que minaron mi fuerza, mi alegría y mi equilibrio: muertes, desamor, autodestrucción. Esto quedó plasmado en lo que serían dos libros de poemas, De la sangre (1995) y Memoria de Ilt (1999), publicados en 2003 con Mujer Palabra.

Me encanta pintar, estar en la naturaleza y en la compañía de la persona a la que amo. Me encanta beber cerveza con mis amigas y amigos, fumar tabaco de animales, no ponerme las gafas para no ver. Las conversaciones, los perros, la comida, dormir. Bailar, nadar, reírme, andar descalza. Me encanta viajar por Internet y hacer webs. La soledad, donde descanso y me equilibro de la intensidad de la vida. Escribo para comprender, y soy radicalmente igualitaria. Considero que la edad va a favor, porque aprendes, lo que siempre es bueno porque fortalece la rebeldía en este mundo tan brutal. Y sí, soy anarquista, anarquista que vota, dados los tiempos que corren.
 

(Autobiografía para Ciudad de Mujeres, Diciembre 2005)

Web de Michelle en Creadoras -  MujerPalabra.net

 

Canto de Cerridwen  -  La loba  -  Carta de amor
No soy un grano de anís  -  A la llamada...

                                                                                  A Antonio
A la llamada impalpable y rotunda del abismo atiendo,
bajo el revoltijo de las mantas. (Son las sogas de la rabia de Audre Lorde,
el útero de locura y muerte de Anne Sexton y Sylvia Plath.)
Y estos dedos hinchados de tierra se alargan como ecos,
y entonces temo entregarme a lo que jamás haría...
Sonámbula voy a tu encuentro, busco tus objetos cotidianos,
tu mirada atenta al mundo tras la mesa gastada. El alivio
de sentir que tu emoción no se somete, se entrega,
que no conoce el miedo sino el vértigo;
que tu pensar sabe que a pesar de la sonrisa alcoholizada,
la voz oscura y niña habla de la angustia
en busca de cimientos que la disipen.
Y me lío un pitillo y sigo el caudal de tus palabras
habitado de luces que no podía ver, y pienso
que quizá mañana, cuando me pinte de colores el rostro,
podré ocultar el tatuaje mortal de la frente
para ir al cumpleaños; y que otra vez tu vida
me ha hecho resistir los embates tercos de la nada.
 

Del Poemario "De la sangre" (1995)
 

 

                                                                                                                                         A Xeli. 1987, Guatemala
 

No soy un grano de anís
dijo la niña y se llenó
de flores y de verdes,
de lagos y volcanes,
de montañas.
Como una diosa dijo
no soy un grano de anís,
y de sus manos mullidas
volcaron telares, arados,
cántaros, caminos.

Te vi cargar a tu hermanito
atado a la espalda, cargar
la leña, acarrear el agua,
alimentar el fuego
de la cocina.
Te vi observar el cuerpo
torturado en la plaza
bajo el sol
y restregarte el horror
de los ojos.
Te vi esperando
a que todos hubieran comido
para comer tú,
que no eres un grano de anís.

Eres una niña, bella y fuerte,
como los cristalitos que quieres
para tus orejas.
Eres una niña en un país en guerra
y nunca
te amaré como si fueras
un grano de anís.

Del Poemario "De la sangre" (1995)
 

 

Carta de amor

Con ese malva gris de espliego que el tiempo imprime en mis ojos
quiero hablarte de amor, de esta espuma
que sube por la curva demente de mi espalda y me vuelca hacia dentro,
a los planetas de tu presencia imposible y terca.
Necesita la cábala de tus huesos la alquimia de mis manos, y me hablas
temblando de carencia hecha piedra fósil vegetal
porque los animales grandes murieron en la prehistoria,
cuando te ocultaste en las entrañas del lago para no sentirlos
y las capas de arena y los coágulos de roca te conservaran
por los siglos de los siglos. Pero yo te he descubierto
y cerca del lago he dispuesto mi guarida
y cuando cae la noche del deseo
bailo desnuda sobre la tierra, mi voz eco de tormenta emplazándote,
y tú, agazapado en el limo, brillante de sexo y de carencia, nuevo,
yo con la risa clara de la espuma diciéndote sal, cómo puedes temerme
si nacimos de una misma camada de sed y de vergüenza,
mira, la mía está en harapos, y no me importa,
tú, hoja de sauco descreída, del sauce octogenario y balbuciente.
Mira cómo te ablandas, monstruosa belleza de mi alma,
de nada sirve que te aprietes contra el fondo de la gruta.

Oso hibernado, ya es primavera, las estaciones no las detienes.
Y ahora me voy con los trastos y las lianas
porque en la era de los glaciares me hice nómada,
nómada de ti y de todas las cosas naturales.
 

Del Poemario "De la sangre" (1995)
 

 

La loba

En el bosque de castaños crepita la fauna más hermosa.
Bajo la luz verde y ámbar del otoño observa la loba
con la mirada abierta del almendro y de la roca, con la visión del gamo
que salta desde la brasa de un helecho a otra brasa porque comprende.

Clavó el vuelo en su lomo el halcón y la piraña. Ahora arraigan
los sapos en sus pezuñas, arraiga el cierzo, la nieve abrasa.
Asoma entre los pelos, llama caléndula ya primavera,
el ojo de lava del guepardo, del jabalí enamorado y ronco.

Respiran hondo los troncos por sus branquias y la hojarasca
es un manto de conchas y caracolas, de mariposas, anémonas, larvas.
En el bosque hermoso crepitan los pasos de la fiera.
La loba baila: vuela la ortiga, y habita el amor en la espesura.
 

Del Poemario "De la sangre" (1995)
 

 

Canto de Cerridwen

Llego y soy una mujer
con la cabeza rapada y los ojos llenos,
con el corazón maduro
como en las entrañas de la selva
el descanso viejo de la mariposa,
con la voz malva y turquesa del lago Atitlán.
Vengo a decirte adiós,
hogar que tanto fuego soportaste,
que tanta sangre perdiste.
Ligera, densa, como el plancton,
como el suelo vegetal que cubre el Nilo:
adiós, parto con los animales.
 

Del Poemario "De la sangre" (1995)

 

 

 

 

 

 

 

   
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