Navales, Ana María

 08 de junio de 2008

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Ana María Navales, nació en Zaragoza en 1939. Se doctoró en Filosofía y Letras y fue profesora de Literatura Hispanoamericana.  Es codirectora de la revista cultural "Turia". Tiene una larga trayectoria como poetisa y narradora pero, a pesar de  haber recibido algunos premios significativos y aunque algunos de sus libros han sido traducidos a otros idiomas, todavía no ha llegado al gran público.

 

Ha publicado diversos libros de poesía, entre ellos: “Del fuego secreto”, Premio “San Jorge” en 1978;  “Mester de amor”, accésit al Premio “Adonais” en 1979; “Los espías de Sísifo”, 1981; “Nueva, vieja estancia”, Premio “José Luis Hidalgo” en 1983;  “Los labios de la luna”, 1989; “Los espejos de la palabra” (antología personal), 1991; “Hallarás otro mar”, 1993; “Mar de fondo” (antología 1978-1998) y “Escrito en el silencio”, 1999.

 

Entre sus novelas destacan: “El regreso de Julieta Always”, 1981; “La tarde de las gaviotas”, 1981 y  “El laberinto de quetzal”, Premio “Antonio Camuñas” en 1984.

 

Ha publicado varios libros de relatos: "Dos muchachos metidos en un sobre azul”, 1976; "Cuentos de Bloomsbury", 1991; "Zacarías rey", 1992; "Tres mujeres", 1995; "Cuentos de las dos orillas" y el cuento infantil “Mi tía Elisa”.

 

Entre sus libros de ensayo, sobresalen "Cuatro novelistas españoles” y "Acercamiento a la literatura del siglo XX (de Virginia Woolf a Mary MacCarthy)", que ha merecido el Premio “Sial” de Ensayo.

 

Es “Premio de las Letras Aragonesas” 2001, concedido por el Gobierno de Aragón.

 

Tu mano recoge ... Y ahora ...

 

 

Y ahora...

 

Y ahora, abundante de ensueños y de grises,
con esa eterna impotencia que no limpia el lenguaje,
el miedo que se hace palabra para no ser miedo,
todo lo que enciende luces y no se nombra por si muere,
el resquicio de libertad que terco asoma;
brazo roto, abril marchito, luna falsa,
también falso el dolor que se vuelve costumbre;
los labios en dudosas fuentes,
los ojos todavía sedientos de estrellas, calandrias, mitos
y otras delgadas inutilidades que los dioses derraman,
la sonrisa en ayuno para que no traicione
y una mentirosa amnesia de rechazos y deseos;
con ruiseñores y congojas,
o sea con nada, sólo con uno mismo dentro y fuera,
dispuesto a que cada cosa recupere su alcurnia,
su medida y su precio,
se emprende la huida adonde aún no ha llegado el futuro.
 

 

Tu mano recoge ...

 

Tu mano recoge de mi piel el tiempo,
incansable borra todo viejo amor
y regresa de la caricia como una alondra
que se debate en lo oscuro
sin encontrar la luz de la mañana
Después, serena mi cabello
en algún odio enmarañado
y llama a esa niña que enciende sus ojos
con tu boca y reza silencios
cuando los labios se acercan a tu nombre.
 

 

 

 

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