Massolo, Laura

 29 de julio de 2008

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Laura Massolo, poeta, cuentista y novelista, nació en Lomas de Zamora (Buenos Aires) en 1954.


En 1999 se le concedió la Faja de Honor de la SADE por su libro de cuentos “Al borde”. Es autora del poemario “Afuera estaba el Mundo”.


Ha obtenido numerosos premios entre otros el Juana Santacruz de Poesía, otorgado por el Ateneo Español de México, el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo y en el 2002, el Primer Premio de Poesía Área de la Mujer Ayuntamiento de Motril. En el 2003 fue Mención de Honor en el X Certamen Internacional Carmen Báez (México).

 

Ensayo en Argentina - Al señor de los faroles

 

Al señor de los faroles

Hicimos los umbrales.
Para mí una pregunta de kilómetros y un alboroto de llegadas.
Hicimos el rumbo, el orden, los lugares.
Desde la pequeñez hasta las uñas, a pesar de las ausencias y mis preguntas de kilómetros.
Sucedió el Danubio y sucedieron las fotografías.
Fueron las cosas.
Claridades que multipliqué y jugaban,
con los conos de madera jugaban,
con tus herramientas jugaban,
con el volante de la camioneta,
con el tiempo,
con la espera en los umbrales,
con sus propias preguntas de kilómetros.

Me acuerdo, cuando llegabas
a reponer los vasos rotos y algún punto vacío.
Me acuerdo de las historias repetidas y de la siesta inevitable.
De la lista de artefactos muertos. De los chistidos.

Fueron otras cosas.
Otras
preguntas de kilómetros,
una ruta de uvas que atragantó el entendimiento
y estas últimas almohadas llenas de ruido y chocolate.
Es que uno pone alfombras y las alfombras suelen parecer un cataclismo.
Era mi territorio de bullicios contra tu horario de la cena.
Igual, queda la mancha de salsa sin domingo que desparramamos por los días.
Igual, queda ese instante de tango carcomido,
esa sonrisa que te guarda con tibieza entre el desorden.

Hicimos el tiempo, señor de los faroles.
A nuestro modo, y con errores, o como corresponde.

Ahora me dirías que para ir al cementerio es mejor un gasolero,
que gasto mucha luz con mi costumbre de escribir la noche.
Yo estaría elaborando la actuación de ir a pedirte una tenaza,
y vos llegando, con tu paso corto, a resucitar algún destrozo.

Sólo que se volvió muy largo el tramo desde tu descanso a mi hecatombe.

Pero hicimos la pared.
Hicimos los convenios.
Yo tu residencia,
vos mi extrañeza de que no estés en los umbrales.

No nos quedaba nada por hacer.

Las luces están puestas.
 

 

Ensayo en Argentina

Han pasado cosas
graves
inaceptables.
Y también han sucedido maravillas que nadie quiso comprobar del mismo modo en que caminamos bajo el cielo convencidos de que la luna no es otra cosa que un satélite.
(Y digo que Federico y Rulfo la gastaron para disculpar la indiferencia)

Aquí hubo muertos
y ladrones
y un cambalache singular que desplegó nuestra vergüenza en todo el mundo.

Pero también habrá resurrecciones y una historia nueva o alguien que se proponga dulcemente devolver el pan o un pensamiento que nos vaya rescatando paso a paso y un campo listo para todos los sembrados y la ilusión del fruto.
(Digo que Discépolo fue un genio, un visionario; que nuestros hijos tienen ganas de volver o de quedarse)

Aquí está mi mano, la que escribe, la que intenta distraer y distraerme mientras me ponen la espalda en las retinas.

Hay otros como yo, con esta obstinación por la palabra o por el cuento.
Y está la fuerza subterránea de una hormiga que multiplica fuerzas y construye aunque vuelquen veneno en el refugio.

No digo que ayer vi un hombre que lloraba ni la tristeza de mis viejos cuando no pueden pagarse los remedios.
No digo. Escribo.

Tampoco pretendo hacer poesía.

 

 

 

 

 

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