Amalia Iglesias, nació en Menaza, Palencia, en 1962. En
los años setenta se trasladó con su familia a Bilbao, donde estudió
Filología Hispánica en la Universidad de Deusto. Actualmente vive en Madrid.
Ha escrito los siguientes libros de poemas: “Un lugar
para el fuego” (Premio “Adonais” de poesía, 1984), “Memorial
de Amauta” (Premio “Alonso de Ercilla” del Gobierno Vasco, 1987),
“Dados y dudas” (Accésit del Premio “Jaime Gil de Biedma”, 1995),
“Tótem espantapájaros”, “La sed del río” y “Lázaro se sacude las ortigas”.
Ha sido incluida en varias antologías, como “Las diosas blancas”, “Ellas
tienen la palabra” (Hiperión), “Poetas de los ochenta” (Mestral), “Antología
de la poesía Española 1977-1995” (Castalia), “Canción de Canciones” (Muchnik),
etc. Además, algunos de sus poemas han sido traducidos a diferentes lenguas.
Preparó también la edición del libro “Algunos lugares de la pintura”, de
María Zambrano (Espasa Calpe).
Trabajó, durante diez años, como coordinadora del
suplemento “Culturas” de Diario 16.
Actualmente es coordinadora, desde su creación, en
1996, de “Revista de Libros”, de la Fundación “Caja Madrid”. También
codirige la revista de poesía “La alegría de los naufragios” y
coordina la página de poesía “Contemporáneos”, del suplemento
cultural de ABC. También ha colaborado como crítica literaria en
diversos medios de comunicación. Algunos de sus poemas recientes pueden
leerse en las revistas “Sibila”, “ Sileno", “Zurgai”…
Para siempre - Itaca
no existe
Amanece en el tren

Amanece en el tren
Amanece en el tren. Un rumor de raíles desata
la cremallera de un paisaje. El cielo abre sus
párpados, instante en que no sabes si acabas de
partir o estás a punto de llegar. No sabes si
el mundo huye de ti o eres tú velocidad de fuga
entre sus fauces. Te abandonas al presagio de una
selva lejana, esperas el placer de su espesura.
Del poemario "Dados y dudas"

Itaca no existe
Tres vueltas de llave y un olor a silencio,
la luz, subitamente estrangulada en el lecho sin fondo
y la humedad de quince o más otoños
y esta locura
y esta oscura gangrena de embriagada penumbra,
tres o cuatro macetas con esquejes de olvido
o esa vela gastada en noche de tormenta.
Las puertas columpian el llanto de sus goznes.
Hace ya tiempo que no hay golondrinas al borde del tejado
Asciendo lentamente
aquella escalera de los sueños freudianos,
subo a los altares mínimos
de mi propia insuficiencia.
¡Cuánto ayer empozado,
cuánta breve mortaja,
cuánto leve recuerdo!
Sobre la cal de esta pared escribo un verso:
He regresado y nada me esperaba.
Quizá se vuelve como a la patria o al padre
con un algo de herida
y esa ansiedad de no reconocerse en los viejos espejos.
Quizá se vuelve tarde,
se vuelve ya sin tiempo,
Desde el suelo
una muñeca muerta me contempla,
- una muñeca serenamente muerta-
Me alejo
Con la desagradable sensación de haber profanado una tumba

Para siempre
El viento insiste,
se arrastra por el débil dintel de mi ventana;
rarefacto reptil, anhélito de ausencia
para la incertidumbre clandestina de la hoguera,
el fuego vertebral que nos rotura
y nos abre en el alma una intemperie.
Ahora que lucho con mis párpados
para trazar un credo perdurable,
un sortilegio a solas para mi corazón telúrico afiebrado,
un sortilegio eterno a las tres de este sueño incontenible,
un verso más para tu duda,
un verso más hacia poniente.
Para siempre
Para siempre
extiendo las claves,
cifro y descifro los símbolos a solas,
la palabra que tú me has enseñado.
Abro violetas
columnas
cúpulas
arquitrabes
mi credencial escueta,
el texto apresurado,
enciendo lunas y velas al pie de las estatuas
y esa canción que es mía,
ese sonido que tú me has inculcado.
y este metal pequeño que beso a cada instante,
este gesto precioso de callada ternura
que avente la ceniza
y siga siendo llama para siempre.
