
Carmen González Huguet, poeta salvadoreña, nacida en la ciudad de San Salvador en 1958. En 1980, su
familia abandonó el país y se radicó en Estados Unidos. Inició estudios de
Ingeniería Química, pero los abandonó para dedicarse por completo a la
literatura, campo en el que obtuvo la pasantía en Educación Radiofónica y la
Licenciatura en Literatura. Ha ocupado varios cargos como investigadora
literaria y catedrática universitaria.
Entre los numerosos galardones obtenidos, destacan la Mención de honor en el
“Certamen Nacional de Editores”, en 1989, con su poemario “Testimonio”; el
Premio de la “Comisión Interamericana de Mujeres” en 1987; el primer lugar
en los “Certámenes de San Miguel” en 1988; “Juegos Florales” de San Salvador
en 1993; “Santa Ana” en 1997; “Ahuachapán” en 1997 y Primer premio en los
“Juegos Florales Hispanoamericanos” de Quetzaltenango, Guatemala, en 1999,
con su poemario “Locuramor”. Ganó mención de honor en el mismo certamen, en
2000, con “Epitalamio” y, en 2002, con “Palabra de diosa”. Ha publicado,
además, “Mujeres”, cuentos, en el volumen de las ganadoras del “II Certamen
Centroamericano de Literatura Femenina” en 1997.
Otras obras son, los libros de poemas “Nosotros y otras cuestiones”, “Rápido
tránsito”, “Territorio del presente”, “Luna sin tierra”, “Frágil: manéjese
con cuidado”, “Soledades”, “Las sombras y la luz”, “La rosa derribada”,
“Espejos incendiarios”, El revés del espejo”, “Glosa completa sobre un tema
de amor de Serafín Quiteño”, “Las palabras habitadas”, “Memoria de la
hoguera”, “Tríptico de Navidad”, “Los labios indomables”, “Mar inútil” y
“Testimonio”; “El acecho” (colección de cuentos); “El rostro en el espejo”
(novela corta) y varios trabajos de investigación, de temática salvadoreña,
fundamentalmente.
Actualmente trabaja como catedrática de Historia del arte, Redacción
Periodística, Temas de Cultura Centroamericana y Literatura Hispanoamericana
en la Universidad; además, promueve su nuevo libro, “Oficio de Mujer”.
Aire sólo, fervor que callo
y digo... - Espejos incendiarios (nº7)
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Si me engañé, bendito sea el
engaño - La enemiga
Memorial de agravios

Memorial de agravios
Para Yadira Calvo
Porque el blanco odia al negro
Porque el amo teme al esclavo
Porque el ladino necesita al indio
Porque somos distintas
Porque no débiles
Porque lúcidas
Porque el deseo
Porque somos malas y bellas como Satán
Porque irracionales
Porque corruptoras
Porque objeto de deseo
Porque quebrantamos todas y cada una de las leyes humanas y divinas
Sólo con existir
Porque somos el otro, es decir, la otra
Porque el diablo nos tiene por aliadas
Porque Judith se atrevió a cortarles la cabeza
Y a castrarlos simbólica y físicamente
Porque Dalila ídem
Porque Pandora y Eva
Se les salieron del huacal
Porque la Medusa
Porque las Sirenas
Porque las Parcas
Porque las Furias
Porque Circe y su piara
Porque la Papisa Juana
Porque las brujas
Porque las putas
Porque somos las madres
Y tenemos el amenazante y terrible
poder de dar la vida entre las piernas
por todo eso
cuánto, en realidad,
nos odian y nos temen.

La enemiga
La sierva.
Nunca amante, ni amada,
ni la amorosa compañera,
ni la amiga.
Nunca la igual,
sino la subalterna.
La mejilla ofendida.
La carne doblegada.
La humillación servil.
Las manos y la voz
encarceladas por el miedo.
La que dibuja sumisión
disfrazando de amor el cruel despecho.
La que se condenó, por siempre y para siempre,
a no ser más que sombra y que silencio,
a girar sin reposo, ilusa luna,
en torno de un planeta indiferente.
La que vigila pasos y susurros
y vive carcomida de sospechas.
La que guardó su castidad preciosa
para el festín de la primera noche.
La que odió al que devoró las ilusiones de la infancia
y la hizo estrellarse contra el polvo
de la vergüenza y el asco cotidianos.
La que terminó odiando
hasta la fecundidad sin pausa de su vientre,
condenada a repetir en sus hijas y nietas,
como en un laberinto de espejos,
el mismo dédalo sangriento y angustioso
de su madre y su abuela,
y de las madres y las abuelas todas de su estirpe.
La que jamás se atreve a disentir en alta voz,
pero que va frenando los proyectos de su amo
con la insidiosa diligencia de la cizaña y la carcoma.
La que cuidó de untarle con hiel
hasta los más pequeños goces.
La que se condenó al áspero infortunio,
la que le fue tapiando las rutas a la dicha
con los cadáveres
de sus propias,
marchitas ilusiones.
La que gravita, aun hecha cruz de camposanto,
sobre su espalda con el peso muerto
de una sorda y oculta recriminación.
La que lo mira
desde el fondo de todos los retratos
con su reproche mudo
y que, más que un recuerdo en la memoria,
se le quedó grabada
más allá de la piel,
eterna e inmutable, dolorosa,
como un remordimiento.

Si me engañé, bendito sea el
engaño,
Si me engañé, bendito sea el engaño,
benditos sean el beso y cada herida,
bendita sea la carne conmovida
y la fe naufragando en gesto huraño.
Benditos sean el día, el mes, el año
cuando la fiel promesa fue cumplida;
bendito sea el sueño y sea la vida,
el dolor, la caricia, el gozo, el daño.
Bendito lo que aprendo, lo vivido,
lo que recuerdo, lo que al fin despierte
en mí, lo que salvé del río hundido.
Me enfrenté cara a cara con la muerte
y aunque luché y viví a brazo partido,
mi garganta no pudo contenerte.

Aire sólo, fervor que callo y digo...
Aire sólo, fervor que callo y digo,
palabra que te nombra y te delata,
que te eleva en su vuelo o te maniata:
en mi boca te encierro o te prodigo.
Te dejo a la intemperie o al abrigo,
te guardo en ventisquero o en fogata.
Pródiga, codiciosa catarata,
vas en mi labio como fiel testigo
de todo lo que en él pones y eres,
de todo lo que en él tu sed convoca
y de lo que en su amor beber quisieres.
Silencia esta ebriedad que el labio aloca
y con el agua en que dichoso mueres
cúbreme, amor, el cielo de la boca.

Espejos incendiarios (nº7)
Voy a besarte, amor, voy a entregarte
entre mis labios toda la ternura.
Voy a dejar sobre tu boca pura
un beso que sea el sol para alumbrarte.
En la noche mi voz irá a encontrarte,
buscándote sin pausa en la negrura
y en un recodo la febril dulzura
de su palabra se pondrá a esperarte.
En esta boca insatisfecha, ausente,
donde ha sido la vida un largo viaje
desgranándose en cántico impaciente,
pondrás final, amor, a tanto oleaje
amargo que abrevó su sed urgente
dándole entre tus labios hospedaje.
