González de las Heras

 21 de marzo de 2009

Ciudad de MujeresPrincipal
Gallegos, Mía
Garbini Tellez, Fanny
García, Ariadna
García, Concha
García Zambrano, María
Gardellini, Rita
Garzón Funes, Julia
G. Donis Herme
Ghersi, Ericka
Ginzburg, Natalia
Gómez, Ana Ilce
Gómez, Patricia
Gómez, Teresa
González de las Heras
González Huguet
González, Concha
González, Mª Clara
González, Teresa
Grahn, Judy
Grande, Guadalupe
G. Rosa Clara
Gruss, Irene
Gúzman, Almudena

 

 
 

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Gracias María Pilar por tu colaboración

 

Maria Pilar González de las Heras nació en Alagón (Zaragoza) en 1957.

Licenciada en Derecho, trabaja para la Administración muy lejos de cualquier relación con la literatura y más aún de la poesía, pero siempre ha cultivado este género en la esfera personal sin conexión con movidas y grupos literarios.

 

Ha publicado poemas en libros colectivos, como " 500 poetas enamorados", "500 gotas de agua" o "El libro de los 500", de la Editorial Egido (Zaragoza), donde recibe el segundo premio del premio convocado en 2001 por dicha editorial.

En 1999 recibe, asimismo, el premio Amantes de Teruel, al mejor libro de poemas por su libro "Transito", que fue publicado por el Excmo. Ayuntamiento de esa Capital.

En dicho libro, la autora contempla el paso del tiempo y las pérdidas que el mismo conlleva mientras asiste los cambios que en sí misma y en los demás de producen.

Los poemas que se incluyen en el poemario de Ciudad de Mujeres, forman parte de este libro, "Transito", por más que, concebido como un todo conjunto, la selección no permite apreciar la idea final de la obra.

Pendiente de publicar un nuevo poemario, el conocimiento de la web de Ciudad de Mujeres le ha sugerido la necesidad de participar de algún modo en la difusión de la poesía en foros más amplios que aquellos en los que habitualmente se mueve la autora y el género literario que cultiva.

 

 

Me gustaron siempre...

Porque me siento en las manos

 

                                                                            ...uno nunca imagina que
                                                                           pueda vivir un amor así...
 

Porque me siento en las manos hoy la luna,

vestida de tiempo y suerte,

soy intento de rendirme por ti y de quererte.

 

No encontrarte es lo primero que me llena.

Como lejana mitad de mí nacida

me creces en el alma sin que logre abarcarte,

sabiéndote más que llegada, despedida.

 

Dijera a la fuente y al camino:

¿dónde fue?, ¿dónde se esconde?,

¿entre qué brazos descansa?

Más ellos saben que tus pasos se adentran

allá donde la vida pasa

y en mí ya no hay vida,

es la noche quien me acompaña.

 

Me queda solo buscarte entre la sombra

a la muerta luz de las estrellas

murmurando las frases de mis versos,

que cabalgar las estepas yermas

de cada inspiración, pues es salida

de la fiebre y de la espada,

me deja sin nada que ofrecerte,

y si hallarte es difícil

no se como retenerte.

 

                                                                            ...hemos estado caminando

                                                                                        el uno hacia el otro...

 

Me gustaron siempre los espejos.

Un ícono perfecto desde el fondo

te mira con su azogue goloso,

con el tiempo diferente

y el compás ajeno que parece

meditar y detenerse en el reflejo.

Dobles de irónico parpadeo,

más malos y más sabios,

nos contemplan risueños o enfadados,

pero siempre distintos al original,

auténticas refracciones,

distorsionados compañeros,

a cuyos rostros asoman

otro yo, otros sentimientos.

 

Las imágenes miran desde otro mundo

complemento de este lado,

proyección inasible que sin embargo,

es tan nuestra como los pensamientos

que vemos en ellas reflejados,

son la otra dimensión, la que negamos.

 

Bastaría tender la mano

para hallar unos dedos fríos

que se unen a los nuestros

sintiendo de un golpe

que nuestra imagen es más nosotros

porque en ella brilla silencioso

el misterio de un alma infinita

prolongándonos, haciéndonos cristal.

 

Se ama y se odia el espejismo

del equilibrio frágil

en que el cuerpo se muestra

al contacto con el idéntico fantasma

que en otro espacio proclama

quiénes somos realmente.

Sus sombras, sus llamas,

son las nuestras y están clavadas

en cada descarnado examen

a que el justo retrato nos somete.

 

Con vida propia se adueñan

de ideas y principios, en perfecta imitación,

hasta hacerse símbolos equivalentes,

pero ya imposibles de copiar.

Se convierten, así, en enigmáticas figuras

habitantes del espejo que sonríen

e incluso nos sustituyen a pesar nuestro

dejándonos en los ojos

el inmenso vacío de su ausencia.

 

 

 

 

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