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Gracias María Pilar por tu colaboración
Maria Pilar González de las Heras nació en Alagón (Zaragoza) en 1957.
Licenciada en Derecho, trabaja para la Administración muy lejos de
cualquier relación con la literatura y más aún de la poesía, pero siempre ha
cultivado este género en la esfera personal sin conexión con movidas y
grupos literarios.
Ha publicado poemas en libros colectivos, como " 500 poetas enamorados",
"500 gotas de agua" o "El libro de los 500", de la Editorial Egido
(Zaragoza), donde recibe el segundo premio del premio convocado en 2001 por
dicha editorial.
En 1999 recibe, asimismo, el premio Amantes de Teruel, al mejor libro de
poemas por su libro "Transito", que fue publicado por el Excmo. Ayuntamiento
de esa Capital.
En dicho libro, la autora contempla el paso del tiempo y las pérdidas que
el mismo conlleva mientras asiste los cambios que en sí misma y en los demás
de producen.
Los poemas que se incluyen en el poemario de Ciudad de Mujeres, forman
parte de este libro, "Transito", por más que, concebido como un todo
conjunto, la selección no permite apreciar la idea final de la obra.
Pendiente de publicar un nuevo poemario, el conocimiento de la web de
Ciudad de Mujeres le ha sugerido la necesidad de participar de algún modo en
la difusión de la poesía en foros más amplios que aquellos en los que
habitualmente se mueve la autora y el género literario que cultiva.
Me gustaron siempre...
Porque me siento en las manos

...uno nunca imagina que
pueda vivir un amor así...
Porque me siento en las manos hoy la luna,
vestida de tiempo y suerte,
soy intento de rendirme por ti y de quererte.
No encontrarte es lo primero que me llena.
Como lejana mitad de mí nacida
me creces en el alma sin que logre abarcarte,
sabiéndote más que llegada, despedida.
Dijera a la fuente y al camino:
¿dónde fue?, ¿dónde se esconde?,
¿entre qué brazos descansa?
Más ellos saben que tus pasos se adentran
allá donde la vida pasa
y en mí ya no hay vida,
es la noche quien me acompaña.
Me queda solo buscarte entre la sombra
a la muerta luz de las estrellas
murmurando las frases de mis versos,
que cabalgar las estepas yermas
de cada inspiración, pues es salida
de la fiebre y de la espada,
me deja sin nada que ofrecerte,
y si hallarte es difícil
no se como retenerte.

...hemos estado caminando
el uno hacia el otro...
Me gustaron siempre los espejos.
Un ícono perfecto desde el fondo
te mira con su azogue goloso,
con el tiempo diferente
y el compás ajeno que parece
meditar y detenerse en el reflejo.
Dobles de irónico parpadeo,
más malos y más sabios,
nos contemplan risueños o enfadados,
pero siempre distintos al original,
auténticas refracciones,
distorsionados compañeros,
a cuyos rostros asoman
otro yo, otros sentimientos.
Las imágenes miran desde otro mundo
complemento de este lado,
proyección inasible que sin embargo,
es tan nuestra como los pensamientos
que vemos en ellas reflejados,
son la otra dimensión, la que negamos.
Bastaría tender la mano
para hallar unos dedos fríos
que se unen a los nuestros
sintiendo de un golpe
que nuestra imagen es más nosotros
porque en ella brilla silencioso
el misterio de un alma infinita
prolongándonos, haciéndonos cristal.
Se ama y se odia el espejismo
del equilibrio frágil
en que el cuerpo se muestra
al contacto con el idéntico fantasma
que en otro espacio proclama
quiénes somos realmente.
Sus sombras, sus llamas,
son las nuestras y están clavadas
en cada descarnado examen
a que el justo retrato nos somete.
Con vida propia se adueñan
de ideas y principios, en perfecta imitación,
hasta hacerse símbolos equivalentes,
pero ya imposibles de copiar.
Se convierten, así, en enigmáticas figuras
habitantes del espejo que sonríen
e incluso nos sustituyen a pesar nuestro
dejándonos en los ojos
el inmenso vacío de su ausencia.
