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Carolina Coronado nace en el año 1823 en un pueblo de Badajoz llamado
Almendralejo.
Poeta
precoz, con sólo trece años se dio a conocer en el ámbito literario,
con la aparición de un poema en una revista, que causó la fascinación del ya
consagrado José de Espronceda, entre otros. Convencida liberal, su familia fue
perseguida por los fernandinos, y la poeta se involucró rápidamente en la vida
política y cortesana del Madrid del siglo XIX. Por un lado amiga íntima de la
reina Isabel II, por otro, militante feminista y liberal, ingresa en el
movimiento romántico español como una de las más avanzadas voces del mismo.
Mujer apasionada y comprometida, en su larga vida el azar le depara los
más diversos avatares. En 1844 es considerada muerta y está a punto de ser
enterrada baja un ataque de catalepsia. Se enfrenta a la intelectualidad
conservadora que ve con malos ojos la labor creativa de la mujer, tema que
aborda en exitosas novelas como "Jarilla" (1851), "La Sigea"
(1854), "Páginas de un diario" (1873) y "La rueda de la
desgracia (1873). Viajera incansable, hace las Américas, donde conoce a su
marido. Publica valiosos y arriesgados ensayos, como los titulados
"Galería de poetisas contemporáneas", lo que le valió la enemistad
de sus contemporáneos masculinos, que utilizan por primera vez el término
poetisa en sentido despectivo, o el ensayo "Santa Teresa y Safo", que
le procuró tantos enemigos como partidarios. Publicó un solo ejemplar con la
recopilación de su obra poética, muy prolífica, que fue ampliando
paulatinamente (1843, 1852, 1872). Amargada por el olvido de su obra, los
últimos años de su vida fue atacada por rachas de locura; obsesionada por la
muerte, tal vez por el episodio de catalepsia sufrido a sus 21 años y su
despertar literalmente en la tumba, al fallecer su marido convirtió el armario
de su dormitorio en hornacina y sepulcro del mismo. Hasta su muerte, en 1911,
necesitó cuidados médicos y psiquiátricos. Es sin duda una de las voces más
desmedidas y valiosas de la poesía española.
Fallece en Mitra, Portugal, en el
año 1911.

¿Teméis
de esa que puebla las montañas
turba
de brutos fiera el desenfreno?...
¡más
feroces dañinas alimañas
la
madre sociedad nutre en su seno!
Bullen,
de humanas formas revestidos,
torpes
vivientes entre humanos seres,
que
ceban el placer de sus sentidos
en
el llanto infeliz de las mujeres.
No
allá a las lides de su patria fueron
a
exhalar de su ardor la inmensa llama;
nunca
enemiga lanza acometieron,
que
otra es la lid que su valor inflama.
Nunca
el verdugo de inocente esposa
con
noble lauro coronó su frente:
¡Ella
os dirá temblando y congojosa
las
gloriosas hazañas del valiente!
Ella
os dirá que a veces siente el cuello
por
sus manos de bronce atarazado,
y
a veces el finísimo cabello
por
las garras del héroe arrebatado.
Que
a veces sobre el seno transparente
cárdenas
huellas de sus dedos halla;
que
a veces brotan de su blanca frente
sangre
las venas que su esposo estalla.
¡Y
que ¡ay! del tierno corazón llagado
más
sangre, más dolor la herida brota,
que
el delicado seno macerado,
y
que la vena de sus sienes rota!...
Así
hermosura y juventud al lado
pierde
de su verdugo; así envejece:
así
lirio suave y delicado
junto
al áspero cardo arraiga y crece.
Y
así en humanas formas escondidos,
cual
bajo el agua del arroyo el cieno,
torpes
vivientes al amor uncidos
la
madre sociedad nutre en su seno.
