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Dora Echeverría de Castellanos nace en 1924
en Santafé de Bogotá (Colombia). Cuando apenas tiene 15 años publica su primer
libro de poemas. Ha ejercido como periodista y escrito cuentos didácticos para
la infancia.
Fue la primera mujer en ingresar en la Academia colombiana de
la Lengua y ha pertenecido al cuerpo diplomático de su país.
Obra publicada: “Clamor”(1948), “Verdad de amor” (1952),
“Escrito está” (1962), “Eterna huella” (1968), “Hiroshima, amor mío” (1971),
“Luz sedienta” (1972), “Año dos mil contigo” (1977), “Zodíaco del hombre”
(1980), “Amaranto” (1982), una recopilación de sus primeros cinco libros, “La
Bolivaríada” (1984), “Efímeros mortales” (1990), “El mundo es redondo” (1991),
“Perversillos” (1995) y “Ánfora viva” (1997).
Sin
nadie la mirada - Siempre
amor
Eterna huella

Eterna huella
Quedarás como huella sobre mi brazo,
como marca sobre mi corazón.
Cantar de los cantares
No pasarás en vano por mi vida,
ni encontrarnos fue obra del acaso;
que por tu abrazo quedará en mi brazo
la fuerte huella que el amor no olvida.
La llama que de ti quedó encendida
arde sin consumirse en mi regazo.
Amor que más juntaste con el lazo
terrible de la sangre y de la herida.
En mí no fuiste gozo pasajero
sino la esencia de la tierra pura
floreciendo en el árbol verdadero.
Y para siempre brillará tu estrella,
porque de amor dejaste en hermosura
sobre mi corazón eterna huella.

Siempre
amor
No sólo por gozarte te he buscado:
también te quiero para padecerte,
porque el solo placer de poseerte
no da la plenitud de haber amado.
El vivo resplandor de lo gozado
menos amor es siempre que aquel fuerte
dolor de corazón que nos advierte
la dicha cruel de estar enamorado.
Te sufro con dolor, con alegría,
con deleite, con odio, con dulzura,
y la felicidad es agonía.
Si algún día nací, fue para verte;
por saber tu pasión y tu hermosura,
para gozarte, Amor, y padecerte.

Sin
nadie la mirada
Lo
que cambia es el rostro,
la hondura de unos ojos,
la luz de una mirada;
la penumbra indiscreta
de confidencias íntimas,
la ternura, los besos,
los cuerpos y las almas.
El
amor es el mismo;
busca formas distintas:
a veces una frente
de curvas sosegadas,
otras la boca roja,
quizá una boca pálida;
unos brazos ardientes
de tibias manos largas;
el instante amoroso,
la amorosa distancia.
Cambian
tan solo el rostro,
los luceros, el alba;
el palor de la luna
detrás de una ventana;
la lluvia que solloza
con sus gotas que cantan;
el fulgor que nos junta
la luz que nos separa,
las llamas que calientan
los muros de la casa,
las cortinas de sombra,
el temblor de una lámpara.
El
amor es el mismo,
no declina, no cambia;
existe en nuestro pecho
desde lejana infancia;
nos saca de la cuna,
nos hiere con su espada,
nos da siempre el veneno
que vivifica y mata;
zumo que nos agobia,
licor que nos exalta;
el ardor que consume,
la ceniza que apaga.
El amor es el mismo,
sólo busca una cara.
siempre es lo mismo
lo que esperas;
siempre es lo mismo
lo que amas.
Tú
estás en ti y eres el mismo,
es lo de fuera lo que cambia.
Tu amor existe
y busca siempre
un pretexto para sus ansias.
Primero un nombre: Luz, Elvira,
Diego, Alejandro,
Helena, Clara;
después del nombre algo infinito
que en nuestros brazos se quedara
y un rostro, un rostro,
cualquier rostro
que no nos deje ningún día
llevar sin nadie la mirada.
